Cuentan su historia los hermanos que pasaron más de dos años como rehenes de Hamás

En una operación nunca antes vista, milicias palestinas, presuntamente alineadas con el movimiento islámico Hamás, realizaron una incursión en los territorios ocupados por colonos israelíes cercanos a la Franja de Gaza. Es el 7 de octubre de 2023.

Producto de esta incursión, mil 200 personas murieron y 251 más fueron tomadas como rehenes, por los cuales Hamás pedía la liberación de algunos de sus integrantes presos en prisiones israelíes.

Dos de ellos fueron los hermanos David y Ariel Cuño. Argentinos de nacimiento, vivían en el kibutz Nir Oz, que significa en hebreo Pradera de la Fuerza y se encuentra en el desierto del Neguev.

“Tengo cicatrices en el cuerpo de todo lo que pasé, pero la cicatriz más grande que tengo es en la cabeza y en el corazón. Perdí muchos amigos, perdí el control de mi vida, pero trato de recuperarme y estoy trabajando en eso de salir adelante y estar mejorando y estar bien y devolver el control a mí”, explica, en un video compartido por la organización Fuente Latina, David Cuño.

Una noche eterna

El ataque de los milicianos comenzó pasadas las seis de la tarde. Aunque el lanzamiento de cohetes desde la parte palestina y algunas raras incursiones son comunes, algo en ese 7 de octubre revelaba que estaban frente a algo más grande.

“Cuando escuchamos la alarma fuimos al cuarto seguro, como siempre, pero ahí entendimos que algo especial estaba pasando, no es algo normal. El 7 de octubre, el kibutz se transformó en un infierno, no un paraíso.

“Lo que pasó ahí es increíble, no es humano lo que hicieron ellos, entraron y quemaron la casa con la familia adentro, escuchas todos los gritos de la familia y la tos de todos, porque no pueden ni hablar de de tanto humo que había”, relata David.

La incursión tomó por sorpresa a los 393 habitantes del pequeño kibutz, fundado en 1955 y donde vivían pacíficamente familiares y amigos, con quienes los Cuño compartían creencias y la vida cotidiana.

“Escuchas los explosivos afuera, los tiros, las granadas y los gritos, y entran a mi casa y escuchas los pasos que se acercan a la puerta del cuarto seguro, estoy agarrando la manija y empiezan a luchar conmigo para abrir la puerta.

“Siento el calor en todo el cuerpo porque estoy pegado a la puerta. Intento agarrar la puerta, pero me está quemando la mano. Entonces agarré una sábana para agarrarla”, detalla.

Sharon, la esposa de David, entonces de 34 años de edad, le hace recapacitar. Tiene que decidir entre morir calcinado junto a su familia o dejar entrar a los milicianos. Capitula y, de inmediato, es amagado con un cuchillo y una metralleta.

“Cuando llega al tractor, yo grito que me traigan a mi mujer en inglés. Y la trajeron al tractor. Cuando la veo le pregunto: ‘¿dónde está Emma?’ Porque no estaba con ella y me dice que se la quitaron”, añade.

Espantados y separados de su familia, el matrimonio viaja con dirección a Gaza, donde David pasará 738 largos días hasta que, en medio de una tregua, le permiten volver a casa.

“Cuando entramos a Gaza todos los civiles vinieron hacia nosotros para pegarnos, para matarnos. Hamás nos puso en un auto y viajamos muy rápido hasta que llegamos a un hospital chiquito.

“Entramos al hospital, en el cuarto del hospital nos hicieron preguntas y empezaron también con el terror psicológico, porque yo cuando entré a Gaza lo único que pensé es que hoy me voy a morir, hoy me van a cortar la cabeza”, rememora.

Pero el verdadero terror era no saber qué había sucedido con Emma. En su huida, David logró poner a salvo a Yuli, su otra hija, pero desde que le fue arrebatada a su esposa, la pequeña hermana gemela había pasado por aún más calamidades.

“Lo exigimos todo el tiempo. Les exigimos saber dónde está Emma. Le preguntamos dónde está Emma. Emma Cuño, por favor, tráela a nosotros. Es lo único que les pido, pero no nos hacen caso. A la noche, a las 2 de la mañana nos llevaron a un hospital. Nos hacen poner una máscara. A mí me pusieron una máscara y una gorra y a mi mujer le pusieron un hijab. Y Sharon me dice: ‘había una voz de un chico que está llorando, un bebé’, y me dice: ‘esa, la escucho a Emma llorando’. Y yo le digo: ‘no puede ser’.

“Pasan unos segundos y entra Emma en los brazos de uno de los terroristas con el pelo así y todo el cuerpo con manchas rojas de que no se bañó, no la trataron bien, está muy delgada y lo peor es que no nos conoce, no nos reconoce y en ese momento estamos diciendo que somos sus padres, no nos hacen caso, la abrazamos, pero no para de llorar», dice.

La desesperación porque su propia hija no los reconoce hace que la pareja tome una determinación grave que, en ese momento, pudo haberles costado la vida.

“Sharon se puso nerviosa, se sacó el hijab, yo me saqué la gorra y la máscara y no nos reconoció. Empezó a cantarle una canción y en medio de la canción empieza a tranquilizarse y se puede decir que Emma volvió y después empezaron las pesadillas”, añade.

Soledad y cautiverio

Ariel Cuño fue uno de los 71 rehenes tomados del kibutz Nir Oz, uno de los puntos más castigados por la incursión de Hamás y donde las imágenes de la devastación quedan hasta hoy día.

Los gritos de alarma, las señales de la inminente llegada de los agresores, hicieron que todos los habitantes del pequeño poblado se pusieran en guardia, pero todo fue en vano.

“Después que escuché los gritos, un minuto después empecé a escuchar que están rompiendo la puerta y la ventana. Al principio me pegaron, me dieron sopapos en la cara, me pusieron un cuchillo, me cortaron acá un poco.

“Habían dos terroristas, el que me pegó y después había atrás de él otro con una granada, hizo un show que va explotarnos y todo eso. Mi perra empezó a hacer ruido, me dispararon”, explica Ariel.

El judío argentino y su novia fueron inmediatamente hechos cautivos por los milicianos, quienes los trasladaron al sitio que sería el sitio en el que Ariel estaría cautivo por más de dos años.

“Arbel gritó de miedo, le dieron un sopapo en la cabeza, le pegaron y después de 5 minutos más o menos ya llegamos a la frontera, caímos con la moto, había tierra, caímos ahí justo cuando entramos y había un grupo de árabes que trató de pegarnos, putearnos, escupir, de todo, muy rápido.

“Entramos a un coche que nos llevó a la casa, luego para dos minutos y otro coche para al lado del nuestro y me sacan del coche y ahí me separo de Arbel. No pude ni decir chao o te amo, de ahí yo voy a una casa nueva y cuando entro al coche nuevo me atan las manos y me ponen una camisa sobre los ojos”, recuerda.

El cautiverio de Ariel fue diferente al de su hermano. Mientras David estuvo oculto bajo tierra junto a otros rehenes, Ariel fue constantemente cambiado de casas de seguridad, casi siempre solo.

“No me bañé como en 70 días, pero lo más difícil es en la cabeza. Estuve solo dos años escuchando solamente árabe, tenía que levantarme y no podés a veces, es muy difícil salir y recuperarse por todo lo que pasó y todo lo que escuchaste después que saliste y va a tardar toda nuestra vida.

“Pero yo siempre digo: no pienso en el pasado, pienso en el presente, pienso en el futuro, de traer hijos, de casarme con Arbel y ser feliz porque pensar en el pasado no nos va a ayudar. Agradezco a todos”, concluyó.